La mano de la Dama

Foto: Creative Commons

Barcelona.

Quizás nadie pensaría en cortar esa mano que intuye la lluvia, ni en quitarle la sombrilla que la cubre del sol y del agua, aunque nunca de palomas y gaviotas. La Dama del paraguas de Barcelona es una estatua en mármol, saltarina quizás feliz y posiblemente mágica, ubicada sobre una fuente; la dama fue hecha por el escultor Joan Roig i Solé en 1884. Para verla se debe pagar la entrada al zoológico, y tal vez haber estado allí antes para no fijarse solo en los animales cautivos y pavorreales libres sino también en todas las demás estatuas del lugar: hay un perro hambriento, un delfín que salta, un león a la defensiva; también un San Francisco de Asís.  Si alguna vez la Dama del paraguas fue polémica se debió a su vestido pues pasaría pronto de moda, también se calificó como banal si se comparaba con las demás estatuas, mucho más ostentosas, del evento para el que fue creada: la Exposición Universal de Barcelona en 1888. ¿Quién pensaría en hacerle daño? En el cuento, La garra de la estatua, del escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa, una mano es una promesa: “La mano se esconde lejos del cuerpo y la estatua, que desea volver a estar completa, cumple el deseo para recuperar la mano, es entonces cuando uno se la devuelve”.

Por esas fechas y para el mismo evento —la Exposición Universal—, se inauguró una torre de 57 metros ubicada al final de Las Ramblas. En la parte inferior ocho leones rodean el monumento y al subir la mirada se ve a Cristóbal Colón que con una mano levantada parece señalar a América si allí estuviera América, aunque por lo menos su dedo apunta al mar. La suya sería una mano con muchas promesas por cumplir si llegara a ser robada. Hace casi un año, en junio del 2020, en plena pandemia, en pleno verano a la media noche, un grupo de manifestantes prendió fuego a esta estatua. Por esos días algunos cristóbales caían en varias partes del mundo como parte de las protestas por el asesinato del afroamericano George Floyd. El incendio no pasó a mayores y la estatua sigue allí, esperando a los turistas que cabalgarán sobre los leones para tomarse la foto de turno, y que subirán a la torre para tener otras vistas de la ciudad, pues en su interior hay un ascensor que llega a los pies del conquistador; no más arriba. Todas las figuras que lo representen estarán siempre en perpetuo peligro, porque como escribió Juan Esteban Constaín en una de sus columnas: “Con los ojos del presente ningún pasado es tolerable”, también dice que la forma de corregirlo es conocerlo, no abolirlo. ¿Serviría de verdad para algo que esa mano desorientada de Colón dejara de formar parte del skyline de Barcelona? Por otro lado, algunos ojos del presente podrían llegar a sospechar de la Dama del paraguas, y querer quitar de allí a una mujer del pasado, a una mujer que no las representa. Su mano grácil y extendida además de averiguar si cae agua del cielo, también parece esperar a ser rescatada, tan indefensa y frágil en la punta de la fuente, con ese corsé incómodo y obligatorio, con ese vestido tan largo y el verano que se acerca, con tantas promesas y deseos sin cumplir.

© Isabel-Cristina Arenas. Publicado el 30 de abril de 2021 en El Espectador.

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