
Hace poco hablando con una amiga, catalana y periodista jubilada, comentábamos las razones que tiene la familia Lorca de no querer hacer “nada” si se llegan a encontrar los restos de Federico García Lorca; ellos prefieren que se queden junto a los demás. De ahí pasamos a las fosas comunes que hay en España, las que hay en Colombia, quizás esperando que quiénes reclaman justicia olviden lo que pasó y que la tristeza se diluya en las siguientes generaciones. También mencionamos las que sí se han identificado en Argentina (“El rastro en los huesos” de Leila Guerriero) y la necesidad de tener a dónde ir a llorar a un ser querido y sentir que está en paz=pau (qué linda palabra en catalán y ojalá muy pronto posible en Colombia). Después volvimos a Lorca y tratamos de entender las razones de su familia y recordamos las palabras de una de sus sobrinas: “El hecho de que los restos de Federico García Lorca estén mezclados con otros es simbólicamente mucho más fuerte. Lo mataron como lo mataron. Esta es la historia; quedó en una fosa común, justo en ese lugar y no se debe distinguir de los demás».
Después de terminar de leer Poeta en Granada de Ian Gibson (Ediciones B), me di cuenta de que caminé por horas y horas en la ciudad, pero en muchos lugares no fui consiente de estar frente a ellos, así que debo regresar. Mi reciente Cisne en El Espectador se llama Bajo el cielo de Granada.
© Isabel-Cristina Arenas, Barcelona 16 agosto de 2016
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