Veinticuatro horas en la vida de una mujer – Stefan Zweig


Título: Veinticuatro horas en la vida de una mujer- Autor: Stefan Zweig – Acantilado

Título: Veinticuatro horas en la vida de una mujer– Autor: Stefan Zweig – Acantilado

A veces lo único que alguien necesita es ser escuchado sin interrupción, sin consejos o explicaciones pedidas. Mrs. C. a sus sesenta y siete años encuentra, durante una conversación casual entre huéspedes de un hotel, a un hombre que opina diferente a todos los demás. Hablan de una mujer que se fugó con su amante y abandonó a sus hijos y esposo. Mrs. C. nota que aquel hombre, narrador de la novela, ve la vida de otra forma y dice que él sí la saludaría si la ve en la calle, que su decisión fue inadecuada, egoísta, irresponsable, pero por lo menos hizo lo que ella quería. Es una opinión irreverente para la época —antes de la Primera Guerra Mundial— y todos los que participan en la conversación se escandalizan. Mrs. C. sabe que quizás ella tampoco debería juzgarla y encuentra en ese hombre a alguien a quien confiarle las veinticuatro horas más perturbadoras de su vida.

Este es un libro que me hubiera gustado leer hace muchos años. Cuando trabajé en Laughlin, Nevada, un pueblo de casinos, no aposté nunca ni un solo dólar, no hablé con extraños, ni miré las manos de los jugadores mientras esperaban el resultado de su apuesta, como sí lo hacía Mrs. C., la protagonista de Veinticuatro horas en la vida de una mujer (Acantilado), de Stefan Zweig. Ella estaba en Montecarlo, era viuda, sus hijos vivían lejos, tenía cuarenta y dos años y mucho dinero. Como pasatiempo, enseñado por su marido, pasaba horas descifrando la personalidad de los jugadores a través de los gestos de sus manos. Para ella, “cada músculo parecía estar dotado de una palabra”: codicioso, amable, desesperado, cínico.

En esos meses en Laughlin yo sólo me fijaba en el humo del cigarrillo, en las alfombras infinitas de los casinos, que mareaban de tantos colores y arabescos, y en los clientes eternos: señores muy obesos e inmóviles abrazados a su balde de fichas, mujeres secas con capas y capas de maquillaje y un bronceado más allá de lo normal, y ancianos quizás muy ricos, quizás muy pobres, pero solos. Ninguno se despegaba de la misma tragamonedas de cada noche. No había manos, solo rostros y el ruido de las máquinas que por repetitivo desaparecía. ¿Qué puede anular la voluntad de una persona?, ¿el exceso de alguna pasión?, ¿la total ausencia de ésta?

…seguir leyendo en El Cisne: libros y espacios de El Espectador

© Isabel-Cristina Arenas, Barcelona 24 de marzo de 2017

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